TUPAC LANÍN

                                                       ROJO PROFUNDO

 

 

Verano de 1967, enero, hacía un calor insoportable, el termómetro y la sensación térmica estaban muy cerca de pasar la barrera de los cuarenta grados, y para ella no existía peor castigo que permanecer varada en Buenos Aires, cuando amaba la playa y el mar. Encima vivían en un edificio ubicado en pleno centro de la ciudad. En el barrio de Congreso, sobre el pasaje Rauch. Una calle oscura y mugrienta que nacía en la esquina de Corrientes y Riobamba, y moría en Callao y Lavalle, o al revés. Ahí, precisamente ahí corría menos aire, ella aseguraba. Renegaba al verse obligada a vivir justo en ese lugar; cuando por unas pocas cuadras de diferencia hubieran vivido en Barrio Norte. Con un modesto departamento ubicado en la calle Paraguay se habría conformado y sería más feliz. Aunque, prefería que fuera en la esquina de Callao; justo en frente de la plaza Rodríguez Peña, a solo dos cuadras de la avenida Santa Fe. Ahí sí que corría aire fresco y se podía respirar. Por la mañana seguramente percibiría el aroma a pasto húmedo recién regado, a tierra mojada, y al perfume de las flores de Jacarandá que desprendían todos esos añosos árboles plantados a lo largo de la avenida. Además se podían ver el sol, la luna y las nubes, y chicos jugando y gritando. Pero en Rauch se olía mal. Olor a encierro, a papel mojado, a basura acumulada de varios días, y sin levantar, a alcohol, a cigarrillo, a pis, a excremento de perro y gato, y de los cirujas que a veces dormían tirados sobre cartones justo abajo de su balcón. Estaba aburrida de su marido, un mediocre y taciturno empleado de “La Concordia”, una emblemática compañía de seguros. Que vaya uno a saber porqué, desde hace varios años le postergaban el ascenso y un indispensable aumento de salario; y ella le atribuía a esta incómoda situación que la tuviera sumida en ese pasaje. Le daba vergüenza vivir ahí. Pero la mayor sorpresa de su vida se la daría el nacimiento de su primer hijo, Juan.

De pronto, a pocas horas de haber nacido, entró su marido, -Rogelio- al cuarto de la clínica “Marini”, y con una cara de muerto vivo que espantaba, sin anestesia le dijo:

_María, tenemos un hijo mogólico, me lo acaba de decir el doctor, la puta que lo parió. ¿Qué mierda pasó, me podés explicar?

A partir de ese día su vida se terminó. Su vida matrimonial diría.

Sin embargo María enseguida lo aceptó, era su hijo, su primogénito, el hijo varón. Rogelio en cambio desapareció, se borró; al solo efecto de fines legales, su derrotado cuerpo seguía presente. Su mente en cambio, volaba vaya uno a saber por dónde, pero seguro que pensando en el hijo que no fue. Nunca lo asumió, lo ignoraba. Cuando estaba en su casa se burlaba de él, de sus monerías, de su larga lengua, y de su extraña forma de hablar, -nunca le entendía ni una palabra de lo que decía, ni hacía el esfuerzo-. Cuando se portaba mal, o lo desobedecía, -porque el chico tenía carácter- aprovechaba y le daba sus buenos chirlos en las nalgas, y Juancito, que a todo esto, ya había cumplido seis años salía corriendo y gritaba: _ ¡Mamá, mamá Dogelio (no podía pronunciar la erre porque le faltaban algunos dientes) me pegó!

Ah, nunca le permitió que le dijera papá. Y siempre que se enojaba, repetía la frase tan desafortunada: _ ¡María, mirá lo que hace tu hijo!

Sin embargo había algo en él que realmente lo divertía, le sacaba auténticas carcajadas y al fin, hacían un programa en conjunto. Una mísera y compulsiva hora a la semana en que parecían padre e hijo. Sucedía cuando prendía la televisión y los dos se sentaban a mirar sobre el sillón del living “Titanes en el Ring”. En esos momentos Juancito se transformaba, parecía un hincha que asistía a la tribuna popular de un estadio de fútbol, y sobre todo imitaba con asombroso parecido al relator: “_Uno, dos, tdes, ganadod pod puesta de espalda… Madtín Kadadajián”. -Juancito gritaba una y otra vez, y Rogelio le festejaba todos los gritos y exteriorizaciones de júbilo que hacía. Eso sí, ni bien se terminaba el espectáculo él volvía a la realidad y a la indiferencia habitual.

_ ¡Juan, se terminó el programa, volvé a tu cuarto, no me hagás enojar!

Pero lo más increíble que ese verano le estaba pasando a María (en realidad desde hace ocho meses) era que en no más de cuatro semanas volvería a ser madre. Nunca entendió que era lo que había fallado en el uso de su método anticonceptivo. Rogelio menos, que ni bien se enteró de la novedad la acusó de adúltera, como término más benévolo entre los reproducibles que empleó para referirse a su persona.

Esa tarde para colmo caminaba de la mano de Juancito por la avenida Callao en dirección al enorme y antiguo mercado ubicado en la manzana de Corrientes, Montevideo, Sarmiento y Rodríguez Peña.

_Mamá, quiedo helado, -le insistió Juancito, tironeándola del brazo al pasar frente a la heladería “Capri”.

_Ahora no, si te portás bien, a la vuelta te compro.

_Tengo calod, no aguanto más.

_ ¡Ya te dije que después!, -le contestó su madre, cansada de luchar con Juan, el calor, su embarazo, su marido y su vida.

Doblaron por Corrientes, caminaron por la vereda de los números par. A Juan le encantaba mirar las fotos de las películas de Walt Disney que se exhibían en las puertas del cine Los Ángeles.

_Midá mamá, están el Datón Mickey y el Pato Donald, que lindo, tdaeme al cine.

_Otro día te llevo Juan, hoy estoy cansada y me duelen las piernas.

_No me das ni gusto, mala, -Juancito intuía la llegada de su hermanito y últimamente estaba insoportable.

Por fin entraron al mercado, caminaron y caminaron, visitaron los distintos puestos; compraron, verduras, pescado, y algunos productos de almacén. Juancito esa tarde estaba más cargoso que nunca, se portaba mal; y en una oportunidad, cuando su madre metió la mano en su cartera para pagar, se soltó y salió corriendo.

_ ¿Juan adónde vas? ¡Vení para acá, por favor que alguien lo salga a correr!, -gritó María desesperada. Juancito nunca había hecho algo así.

Finalmente unos minutos después lo encontraron parado frente a la pollería, mirando embelezado como su dueño mataba de un corte preciso en el cuello a un pollo de plumas coloradas.

_ ¡Dónde te metiste, mirá el susto que me hiciste dar!, -María le gritó presa de un ataque de nervios cuándo se lo trajeron.

_Pedoname mamá, no lo voy a haced más, -él le contestó angustiado

Ella nunca se enteró, y Juancito tampoco le contó lo que ese día había descubierto, guardaba y tenía sus secretos que no compartía.

_ ¡Hoy te quedaste sin helado!

_Le voy a pedid a Dogelio.

_Ja, ja, ja, -fue lo mejor que le tocó escuchar, y así se pudo descargar.

Por los nervios que le hizo pasar, el niño, o la niña había empezado a patear con insistencia.

De regreso, pasaron por El Gato Negro, compraron pimienta blanca, pimentón dulce, azafrán, té en hebras y café. Doblaron por Rodríguez Peña, cruzaron Lavalle, y María y Juan entraron a la mercería que quedaba a mitad de cuadra. Eligió un metro de elástico, unos botones blancos, y unas puntillas de color rosa, María anhelaba una hija mujer. En secreto, ya le tenía elegido su nombre: “Soledad”. Caminaron por Lavalle y en la esquina, antes de cruzar, uno de los gallegos del bar “Los Galgos” lo saludó.

_ ¡Hola Juancito cómo estás!

_Hoy me podté mal, mi mamá me detó.

_Bueno Juan ya te va a perdonar, -el hombre le contestó.

Un mes después nació Soledad, pisciana, sana y rozagante. Y encima llegó con el anuncio del postergado ascenso de Rogelio bajo el brazo. Todo en casa mejoró, menos para Juancito. Su padre ya no miraba más Titanes en el Ring. Y su madre dividía su tiempo entre su hermana y él, pero parecía que hasta María se había olvidado de aplicar con sabiduría la tabla del dos.

El tiempo pasó, Soledad, aquel verano ya estaba por cumplir cuatro añitos. Para festejar el carnaval, a Rogelio se le ocurrió comprar disfraces para los cuatro. María eligió uno de Blanca Nieves, Juancito el de La Momia, Rogelio el de un pollo, y Soledad, como su papá uno igual aunque de distinto color. La noche del sábado irían a comer al restaurante del Club del Círculo Trovador, en Vicente López, que ofrecía una cena con show y baile de disfraces.

_Vamos a dormir un rato la siesta, -propuso Rogelio.

_Quiero ponerme el disfraz, -dijo Soledad.

_Yo también, -dijo Juancito.

_Porfi, papá, vos también ponételo, -le pidió su hija desbordada por la emoción.

Así fue como Rogelio y Soledad se fueron a dormir la siesta juntitos disfrazados de pollos.

_Yo subo un rato a la terraza a colgar la ropa aprovechando que salió el Sol. ¿Juancito querés venir?, -le dijo su madre.

_No, yo también voy a dodmil…

 

_ ¿Sole, venís a jugad?

Pero Soledad dormía junto a su papá. Dos pollos, uno rojo y uno blanco descansaban plácidamente sobre la colcha beige.

 

La momia entró a la cocina en puntas de pies, abrió con cuidado un cajón y sacó el largo y afilado cuchillo con mango de metal, que solo usaba Rogelio para cortar carnes. Entró sigilosamente al cuarto y apoyó el filo contra el cuello del pollo blanco. Excitado, recordó como la sangre salía y el pobre pollo se sacudía hasta que finalmente moría. Presionó con más firmeza, pero se arrepintió, _mejod no; -era Soledad.

Dogelio es el de las plumas dojas, -pensó.

 

 

 

 

 

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Comentario por Tupac Lanín el noviembre 28, 2013 a las 2:07pm

Estimada Maria Gabriela: lo destacable de este cuento, es la controversia que ha generado. y eso es bueno. El pobre Juancito ha recibido de palos...ja, ja.

Gracias por tus comentarios, saludos

Comentario por Tupac Lanín el noviembre 27, 2013 a las 10:00pm

Hola Antonia, aprecio que te haya gustado. ¿El final previsible es por haber leído La Gallina...? Hay personas que no han leído ese cuento y sería interesante preguntarles si opinan lo mismo.

Saludos

Comentario por Antonia María Carrascal el noviembre 27, 2013 a las 9:11pm

Me gusta tu relato, de final previsible como ya te han dicho, pero bien estructurado y de ágil decir. Un abrazo.

Comentario por Tupac Lanín el noviembre 27, 2013 a las 2:53am

Gracias Mario, de un escritor como tu, la crítica es apreciada.

Saludos, abrazo.

Comentario por Mario Islasáinz el noviembre 27, 2013 a las 2:15am

Indudable la influencia de Quiroga, pero logras Tupac tu objetivo y ello lo engrandece, abrazos.

Comentario por Tupac Lanín el noviembre 26, 2013 a las 5:26pm

Renee, Beatriz, muchas gracias por sus comentarios, a priori, el cuento se asemeja a La Gallina...de Quiroga, a quien admiro, pero como expliqué traté de darle otras connotaciones. 

Saludos

Comentario por Tupac Lanín el noviembre 26, 2013 a las 5:22pm

Martha, en los cuentos de suspenso algunas muertes son predecibles, en éste, se suponía que alguien iba a morir. Intenté darle a Juan un protagonismo diferente que al de los cuatro idiotas (así los nombra Quiroga). Quizás reivindicando a la persona que padece síndrome de down o alguna discapacidad. Pese a su inteligencia diferente, fue capaz de tramar su venganza. 

Comentario por Beatriz Graciela Moyano el noviembre 26, 2013 a las 3:38pm

Me atrapó el relato Tupac, a mi me gustó mucho, gracias. Un abrazo

Comentario por Renee Valqui el noviembre 26, 2013 a las 6:53am

Me gustó tu relato, gracias.

Comentario por Martha Alicia Lombardelli el noviembre 25, 2013 a las 11:12pm

¡Me hizo acordar a La gallina degollada de Horacio Quiroga. Hasta preví que tendría algún final parecido.

Un abrazo.

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(2013) Percepciones de la ignoranciade Rodrigo Valla

(2012) Ojo travieso de Lilian Elphick

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